¿De dónde vienen las plantas que comemos?

Pablo Muñoz Rodríguez

Figura 1: Mercado local (Fotografía por pxhere, CC-BY).

¿Qué es un mercado? ¿Qué sensaciones despierta? ¿Cómo lo definirías? El diccionario de la Real Academia Española lo define bastante asépticamente como «sitio público destinado permanentemente, o en días señalados, para vender, comprar o permutar bienes o servicios». Sin embargo, para mí un mercado es más. Sí, mucho más. Un mercado es algo mucho más romántico, más poético si se me permite: un mercado es una ventana al mundo.

Intentaré explicarlo utilizando como ejemplo la foto que encabeza este texto, tomada en un mercado cualquiera. Estantes llenos de color, productos procedentes de todos los rincones del mundo: tomates, plátanos, naranjas, patatas, pimientos. Basta un rápido vistazo a las etiquetas para dar la vuelta al mundo. ¿Cuántos de estos productos, que ahora podemos consumir durante todo el año, llegaban a Europa hace siglos? Prácticamente ninguno; es, posiblemente, el caso más claro de globalización. Pero vayamos un paso más allá.

Las etiquetas nos dicen dónde se cultivan los productos que comemos; pero, además, si las estudiamos a fondo, nos descubren una revolución aún mayor: la verdadera globalización. La mayoría de las frutas y verduras que comemos se cultivan a miles de kilómetros de nosotros, pero también a gran distancia del lugar donde se originaron esas especies. De hecho, la mayor parte de las plantas que cultivamos tienen su principal productor lejos de su lugar de origen. Por ejemplo, aunque el mayor productor de tomates a nivel mundial es China y la mayoría de los que se consumen en Europa vienen de Holanda, los tomates son originarios de Mesoamérica. Es decir, la planta es originaria del continente americano, pero en la actualidad se cultiva principalmente a más de 10000 kilómetros de distancia, al otro lado del Océano Pacífico. Otros ejemplos llamativos son las manzanas, producto estrella de las islas británicas pero originario de la región del Cáucaso, o las patatas, tubérculos de origen andino tan importantes para la dieta europea que su escasez provocó la gran hambruna irlandesa y obligó a millones de personas a emigrar, irónicamente, a América. Y así, podríamos seguir con las naranjas, los plátanos y otros muchos ejemplos.
Así pues, ¿dónde se originaron las plantas que comemos? Y, sobre todo, ¿por qué es importante conocer su origen?
Saber dónde se originaron las plantas cultivadas tiene, aunque no lo parezca, una importancia extraordinaria. Identificar su lugar de origen es imprescindible para encontrar la forma silvestre a partir de la que se originó la especie cultivada (si aún existe) y sus parientes silvestres: otras especies evolutivamente muy próximas a la planta cultivada por el ser humano. Y ahora quizás te preguntarás: y, ¿por qué es importante conocer a los parientes silvestres de las plantas cultivadas?
Al igual que los animales, las plantas también se pueden domesticar. Durante generaciones, ¡a veces durante miles de años!, los seres humanos hemos seleccionado variedades con características que las hacen más deseables: frutos más grandes, crecimiento más rápido, semillas que tardan más en caer —algo muy útil a la hora de recolectar cereales—, etcétera. Sin embargo, esta selección artificial ha tenido efectos colaterales: al favorecer variedades con características interesantes para los humanos, las especies cultivadas han ido perdiendo por el camino una parte (a veces una gran parte) de su diversidad genética. Puesto que esta diversidad genética es lo que posibilita la adaptación a cambios en el entorno tales como sequías prolongadas, temperaturas más altas o aparición de nuevos patógenos, en principio las plantas cultivadas responderán peor a cambios inesperados en el entorno que sus parientes silvestres[1,2]. En un escenario de cambio climático e intensa presión humana como en el que vivimos, la pérdida de diversidad genética supone la principal amenaza para la seguridad alimentaria[3]. De hecho, algunas plantas ya están sufriendo los efectos de su baja diversidad genética: plátanos y manzanas, por ejemplo, se encuentran en riesgo serio de colapso.

Figura 2: Batatas creciendo fuera de cultivo en Perú. Foto de John Wood

Por suerte para las plantas y para nosotros mismos, no todo está perdido. Contamos con los parientes silvestres de las plantas de cultivo. Estos son muy similares genéticamente a las plantas de cultivo y mantienen su diversidad genética prácticamente intacta porque no han pasado por un proceso de selección artificial. Por lo tanto, los parientes silvestres constituyen una fuente de diversidad genética de gran interés para la mejora de las plantas cultivadas.
Desafortunadamente, y por sorprendente que parezca, no conocemos el origen de muchas de las plantas cultivadas por el hombre, o lo conocemos sólo de manera parcial. Éste era el caso, hasta hace poco, de la batata (Ipomoea batatas (L.) Lam.), una de las plantas más consumidas en todo el mundo. También conocida como camote o boniato, la batata es un alimento básico de la dieta de gran parte de la población mundial, especialmente en países en vías de desarrollo. Además, por su contenido en beta caroteno, es un recurso de primer orden para el tratamiento de enfermedades asociadas con deficiencias de vitamina A, las cuales afectan a millones de niños en todo el mundo. A pesar de su importancia, han sido necesarias décadas de investigación para identificar la especie silvestre a partir de la cual se originó la batata: en otras palabras, su progenitor. Un grupo de investigadores de instituciones del Reino Unido, Perú y los Estados Unidos hemos dedicado los últimos cuatro años a resolver el enigma[4]. Para ello tuvimos que identificar, en primer lugar, el grupo de plantas al que pertenece la batata, sus parientes silvestres: quince especies distribuidas por todo el continente americano y las costas del sureste asiático, extraordinariamente variables morfológicamente[5] y con áreas de distribución compartidas[6]. A continuación, necesitábamos disponer de suficientes muestras para tener una representación lo más completa posible de la diversidad dentro del grupo, lo que conseguimos recogiendo muestras de campo, de especímenes de herbario y de bancos de semillas; puesto que la batata es originaria de América, buscamos sobre todo especímenes de ese continente, pero también incluimos especímenes de África y Asia, donde se cultiva desde hace siglos. Por último, tuvimos que estudiar en profundidad el ADN de todas estas muestras para entender la relación evolutiva entre ellas. El resultado fue descubrir que la especie a partir de la cual se originó la batata es Ipomoea trifida (Kunth) G.Don, una especie que se distribuye entre el sur de México y el norte de Sudamérica[6]. Por una parte, este descubrimiento indica con bastante probabilidad que fue en esa región del continente americano donde se originó la batata. Por otra parte, abre la puerta a la utilización de los parientes silvestres en programas de cruzamiento para incorporar nueva diversidad genética en la planta cultivada y, en último término, mejorar un cultivo de extraordinaria importancia, especialmente en países en desarrollo.
En resumen, entender el origen y evolución de las plantas que cultivamos es fundamental no sólo por el simple conocimiento de la biología de las especies, sino porque conocer estos aspectos es el primer paso para desarrollar líneas de investigación que permitan mejorar la calidad de las plantas que utilizamos, muchas de ellas esenciales para el desarrollo de las sociedades humanas.

Por Pablo Muñoz Rodríguez. D.Phil. Student, Department of Plant Sciences, University of Oxford. Delegación de CERU Oxford.

Más información:
1. Abbo, S. et al. (2003). Evolution of cultivated chickpea: four bottlenecks limit diversity and constrain adaptation. Functional Plant Biology, 30(10): 1081-1087.
2. Berger, J.D. et al. (2011) Domestication bottlenecks limit genetic diversity and constrain adaptation in narrow-leafed lupin (Lupinus angustifolius L.). Theoretical and Applied Genetics, 124(4): 637-652.
3. FAO (2010). Crop biodiversity: use it or lose it. Disponible en: http://www.fao.org/news/story/en/item/46803
4. Muñoz-Rodríguez, P. et al. (2018). Reconciling conflicting phylogenies in the origin of sweet potato and dispersal to Polynesia. Current Biology 28. Available at: https://doi.org/10.1016/j.cub.2018.03.020
5. Austin, F. (1978). The Ipomoea batatas complex – I. Taxonomy. Bulletin of the Torrey Botanical Club, 105(2): 114-129.
6. Khoury, C. et al. (2015). Distributions, ex situ conservation priorities, and genetic resource potential of crop wild relatives of sweetpotato [Ipomoea batatas (L.) Lam., series Batatas]. Frontiers in Plant Science, 6: 251.

 

Etiquetas: